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Eficiencia energética en la cocina

 
Pensar en cocina ecológica equivale últimamente a referirse a la alimentación. Sea por una concienciación real o por simple moda, lo cierto es que en los últimos años hay una fuerte tendencia a  hablar de dietas vegetarianas o veganas y asociarlas con un mayor respeto por el medioambiente. Los medios de comunicación o los rostros conocidos han hecho visible la importancia de seguir una dieta sana, no solo de palabra sino con cambios radicales en los hábitos alimenticios que han llegado a los ámbitos más insospechados, desde al mundo del póker con una de sus estrellas, Daniel Negreanu, hasta al del boxeo con el campeón de peso pesado David Haye. Famosos veganos que llegan a cultivar la comida que consumen han hecho que muchos se pasen a este tipo de alimentación.

Se asocia el vegetarianismo o el veganismo a un tipo de cocina respetuosa con el medioambiente (aunque no necesariamente tenga que ser así), y también se habla mucho de sostenibilidad. El trabajo en calidad de embajadores de Buena Voluntad de Naciones Unidas de súper chefs como los Roca, sirve también para dar visibilidad a la denominada cocina sostenible. Lo que comemos y cómo lo cocinamos afecta no solo a nuestro cuerpo sino también al planeta y a quienes lo habitan.

Prestamos atención a la alimentación y la producción de alimentos, pero el gran olvidado a la hora de hablar de la cocina ecológica es el ámbito doméstico. Es ahí donde todos somos responsables y donde todos podemos aportar un granito de arena que es mucho más importante de lo que parece.

El sector de las energías renovables dedicado al hogar está cobrando cada vez más importancia. Está claro que es vital controlar las emisiones y prácticas en la industria, pero también lo es que el daño que hacemos al medioambiente desde nuestra propia casa –muchas veces sin ser conscientes de ello- es mucho mayor de lo que parece.

Hay un buen número de proyectos que abogan por la construcción de edificaciones sostenibles; en Ibiza, sin ir más lejos, encontramos obras tan interesantes como Can Tanca. Pero el realismo nos obliga a pensar que todavía está lejos el momento en que todos podamos vivir en una casa realmente sostenible, que tenga el menor impacto medioambiental y permita el mayor ahorro energético posible. Por el momento nos tenemos que conformar con mejorar la casa que tenemos.

Lo primero pasa por controlar aquello que compone nuestra cocina: los electrodomésticos. Podemos comprar producto de proximidad y de cultivo ecológico, pero si luego lo procesamos mediante artículos con un alto consumo energético, poco adelantamos. Es fundamental que, antes de comprar cualquier tipo de electrodoméstico para nuestra cocina, sepamos a qué se refiere su fabricante cuando nos habla de la eficiencia energética del producto y así elegir en consecuencia.

Igual que ocurre con la alimentación, lo fundamental para cocinar de la manera más eficiente a nivel de consumo de energía es simplemente tener conciencia de ello: saber qué consumimos y planificar cómo lo hacemos.

Una buena planificación es mucho más importante de lo que parece. A menudo se tiende a pensar que la comida que tiramos -muy probablemente a diario- no tiene mucho impacto medioambiental porque se convierte compost, así como por arte de magia. Esta idea es del todo equivocada.

En un informe publicado por la FAO en 2013 se le ponía cifras a la problemática de los residuos orgánicos, en concreto los procedentes de los alimentos. Según las conclusiones de esta investigación, “los alimentos que producimos pero luego no comemos consumen un volumen de agua equivalente al caudal anual del Volga y son responsables de añadir 3.300 millones de toneladas de gases efecto invernadero a la atmósfera”. Eso cada año.

Cuanto más tarde desechemos un producto que estaba pensado para ser consumido, más daño produciremos al medioambiente puesto que su gasto energético durante el proceso de producción, distribución, almacenaje, etc.  habrá sido mayor. Por lo tanto, es importante ajustar nuestro consumo a nuestras necesidades reales.

Es una cuestión de hábitos. Igual que hay quien cambia su manera de comer o de comprar, todos deberíamos ser capaces de cambiar nuestra manera de manipular los alimentos que consumimos.

En la cocina se genera un gran número de desechos de todo tipo, no solo orgánicos. Por muy obvio que parezca, a la eficacia energética de nuestros electrodomésticos y a la reducción en la cantidad de comida de la que nos deshacemos, es inevitable añadirles la importancia de reciclar. No es solo el reciclaje de envases, es también reutilizar. Puede que haya llegado el momento en que rescates el capazo de mimbre para ir a comprar y te olvides definitivamente de las bolsas de plástico, que reutilices los frascos de cristal para guardar alimentos y digas adiós a los “tupperwares”, o que busques cuánto consumen tus electrodomésticos para que la próxima vez que te tengas que calentar la leche sepas si es mejor hacerlo en el microondas o al fuego con un cazo.

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