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"Un año con un panel solar (II). Conocerse como consumidor"


Este artículo es el segundo de la serie "Un año con un panel solar". Si no has leído la primera parte, te recomiendo que lo hagas aquí.

......

El corro de la patata de la energía


Al corro de la patata,
Comeremos ensalada,
como comen los señores,
naranjitas y limones

Hubo un tiempo en el que el consumo se correlacionaba muy bien con el progreso y bienestar de la sociedad (dejemos la economía de lado por el momento) y ambos crecieron de la mano. Esa época fue la revolución industrial. Una chimenea de fábrica flameando su penacho negro era sinónimo de la liberación del trabajo físico animal y humano, puestos de trabajo en la ciudad y productos antes inaccesibles al alcance de cada vez más gente. Una clara mejora sostenida, si bien a corto plazo en una escala de tiempo cósmica, sin parangón.


¿A qué se parecería el progreso en el corro de la patata?

Aún hoy en día el alto consumo de energía per cápita sigue significando bienestar. No en vano los países con mayor índice de desarrollo humano (HDI en inglés) son sin excepciones los de mayor consumo por persona. Sin embargo la curva de correlación se vuelve muy inelástica en la zona acomodada: no por gastar el doble de recursos estamos el doble de desarrollados, si nos comparamos con otros países ricos. Cantidades difíciles de imaginar de recursos de más son consumidas cada año en Estados Unidos para un HDI similar al de Alemania, donde se gasta un 63% menos de recursos, por ejemplo. Podemos decir que el progreso y el bienestar de hoy requieren efectivamente energía, pero que un uso racional puede reducir la factura y el impacto en el medio ambiente drásticamente.

Un corro feliz es un corro que gira y ríe y grita. Aunque para mí personalmente lo mejor era poder tirar y tirar del siguiente sin recibir sacudidas el anterior.

Hoy en día, en el primer mundo tenemos un privilegio muy importante del cual no somos del todo conscientes: somos libres de utilizar la energía a nuestro antojo, sin ningún tipo de restricción. A nuestros hogares llegan tubos con gas y con electricidad, aparentemente inagotables y con una presión/tensión elevada y constante, que no dan signos de decaimiento alguno. Están disponibles todo el año para satisfacernos cuando lo necesitemos. No se quejan cuando vienen invitados y el consumo se duplica durante varios días, sino que continúan suministrando con constancia asombrosa. Tampoco se inmutan cuando nos vamos de vacaciones y deben cesar su actividad durante semanas. Nada parece perturbarlos y podría dar la sensación de que están conectados a una especie de ubre infinita e inagotable que nos amamanta a todos.

Lo mismo, y aún con más similitud con la ubre, podría decirse del suministro de agua, con la salvedad de las restricciones al suministro que sí que ocurren en regiones con pocos recursos hídricos durante los peores meses de la sequía estacional.

Esta sensación de abundancia nos hace a menudo olvidar la realidad que todos en el fondo debemos admitir si reflexionamos: que la energía que consumimos proviene de un recurso que se está transformando y que es limitado. Que el hecho de hacer un esfuerzo por disminuir el consumo tiene realmente una repercusión positiva en el principio de la cadena, en la sala de máquinas. Pero esa recompensa es tan abstracta, está tan lejos y parece tan poca cosa, que es difícil no sucumbir a la tentación de poner el lavavajillas con media carga o el aire acondicionado para la siesta. Naranjitas y limones, como comen los señores.




Es más, la manera que tenemos en España de pagar por la electricidad que consumimos no incentiva los esfuerzos por racionalizar el consumo. Nuestra factura de la luz no fluctúa demasiado mes a mes aunque varíe el consumo, ya que tiene un componente fijo muy elevado, el cual viene dictado por los peajes de acceso regulados por el Gobierno. Esto hace que la mayoría de soluciones para mejorar la eficiencia energética en el hogar, como la mejora del aislamiento, los electrodomésticos más eficientes, la domótica o las energías renovables domésticas, que están ampliamente a disposición se vuelven muy poco atractivas para el consumidor.

Claramente esta impunidad y falta de alicientes hace de nosotros los gamberros del gran corro de la patata que es la red eléctrica. No hay reglas: consuma usted en abundancia y cuando quiera, porque, total, le va a costar parecido. Y si deja de consumir, no se preocupe que otra persona lo hará por usted. Usted no tiene ningún tipo de peso o responsabilidad en la red. En la práctica, toda la responsabilidad se traslada a los productores de energía, que deben modular sin cesar el flujo de inyección de energía en la red para equipararlo al caprichoso gasto del tiovivo loco. La función debe continuar (dijo un niño que cobraba por vuelta que daba el corro).

Tan alienados estamos succionando recursos sin ton ni son que no nos damos cuenta de que la rueda, por grande que sea, terminará por transmitirnos nuestros propios tirones por el lado contrario. Como mamífero adaptado al medio, se esperaría del ser humano que fuese capaz de detectar y prever las variaciones de su entorno, antes de que se conviertan en una amenaza para la continuidad de su existencia. Pero como tenemos tendencia a expresar las cuestiones sociales en cantidades de dólares, a reducir el gobierno de las naciones a simple administración de empresas y a confundir un esquema piramidal con una buena inversión, no es de extrañar que no veamos más allá de la cifra que aparece en una notificación en nuestro móvil avisándonos de que nuestra última factura de luz ya está disponible en la web.

De momento el planeta está acumulando inercia de manera imperceptible a nuestra merced, dada su inconmensurable capacidad. El impacto global es muy difícil de estimar, y es probable que, por la misma razón, para cuando podamos constatar que el corro de la gran patata gira demasiado rápido ya sea demasiado tarde para detenerlo.

Esta preocupación me ha llevado a dejar de lado el dato de cuánto me cuesta la factura de la luz al mes (e incluso a abandonar la legalidad, que poco se preocupa por estos menesteres) y a comenzar a evaluarme en términos de lo que consumo y produzco, como nodo en una vasta red.

Achupé. Yo me senté.


Conocerse como consumidor

Era agosto en Barcelona. Mi novia y yo llevábamos un año y medio viviendo en el ático que compramos juntos. El agua caliente sanitaria, la calefacción y la cocina eran de gas. Instalé un medidor de corriente a la entrada de mi casa, que debería darme una lectura en tiempo real muy similar a la del contador de la compañía distribuidora. Dibujé los datos de un día y me encontré con el siguiente garabato.

Entendí que nuestras horas de máximo consumo durante el día habían sido entre las nueve de la noche y medianoche, durante las cuales habíamos estado en casa con varias luces encendidas y habíamos puesto una lavadora a las 23:30. Observé que la lavadora consumía por momentos cerca de 1700W.

También comprendí que los dientes de sierra entre medianoche y mediodía no eran más que mi frigorífico realizando ciclos de enfriamiento, con una potencia máxima de 100W. Con el frigorífico inactivo, la casa tenía un consumo de standby de unos 25W, debido seguramente al router y otros aparatos electrónicos.

Continué recabando datos y entendiendo mis consumos. Hice la lista de otros aparatos con grandes picos de potencia: aire acondicionado, horno, tostadora, plancha, hervidor de agua y lavavajillas. Todos aparatos que utilizan electricidad para generar calor o frío. Ninguno de ellos sobrepasaba los 2000W de pico. En casas con calefacción eléctrica, los radiadores y estufas eléctricas engrosarían esta lista sin duda, no sólo por los altos consumos instantáneos sino por la duración del ciclo de trabajo. Las cocinas vitrocerámicas y de inducción también requieren gran cantidad de electricidad.

En este momento intuí dos opciones de mejora que puse en marcha. En primer lugar contacté con mi empresa comercializadora de energía para que me redujese la potencia contratada de los 4600W anteriores a 2300W. Hice la gestión por internet, me costó 10 euros, fue efectiva en pocos días y supuso un ahorro de 105 euros al año en el término fijo de mi factura. Para quien le interese, Endesa ha publicado una calculadora para determinar la potencia a contratar en el hogar.



Como bien indica Endesa en el tooltip informativo, la simultaneidad en el uso de los electrodomésticos es clave: deberé evitar utilizar más de un aparato potente en cada momento para no sobrepasar la potencia contratada y hacer saltar el contador inteligente, que hace las veces de limitador de potencia. Cabe elogiar en este punto que la compañía distribuidora, a pesar de disponer de datos muy detallados del consumo instantáneo gracias a los contadores inteligentes que ha instalado en muchos hogares, es muy tolerante con los picos momentáneos de potencia que ocurren en el domicilio, siguiendo la norma UNE-20317.

Es decir, que haciendo un pequeño esfuerzo de educación en el consumo, sin siquiera reducirlo, he obtenido una bonificación importante en mi factura. Pero eso no me satisfizo. Según mi nueva escala de valores como participante del corro, debía mejorar mi balance energético. Contar kilowatios-hora en lugar de euros.

Me di cuenta de que mi pareja y yo no pasamos mucho tiempo en casa, y que durante nuestras largas horas de ausencia el consumo no paraba: si bien era bajo, era constante y suponía una gran parte del total. Me fascinó la idea de que con un aporte bajo pero constante de energía podría hacer frente a esa demanda basal y sentirme bien mientras estoy en la oficina o de vacaciones sabiendo que durante ese tiempo al menos mi balance entre consumo y generación sería neutro o incluso positivo.

En segundo lugar, instalé un panel solar.

Sigue leyendo la parte III: "Un año con un panel solar (III). Legalidad, rentabilidad, resultados y conclusiones"

O si te lo has perdido lee la parte I: "Un año con un panel solar (I)". Experiencia de compra de un kit solar fotovoltaico

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